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20.5.08
26.4.08
de bolsillo
Tu dinero será mío
cuando estire la mano
y
la tela poplin del pantalón
colabore generosa
en el silencio de la maniobra.
Cajón patear la ciudad
17.3.08
21.10.07
elasticidad
Ayer a la tarde la florería de la esquina vendía el ramo de fresias a cinco pesos.
Hoy a la mañana: diez. Previsor del exceso de demanda, el vendedor de flores había simpatizado con los múltiplos de dos. En pocas horas, la elasticidad del producto fue de un cien por ciento.
Lo que pueden las madres.
Cajón patear la ciudad
27.9.07
24.9.07
entre-vistas
Entrevistas por portero eléctrico: ¿quién será mi primera víctima?
Cajón patear la ciudad
26.8.07
nuestro
Un corte de pelo -corto y descuidado- y un tapado gris con botones gigantes, la introdujeron en el centro de la moda y en la mano de un nuevo novio. La simultaneidad de los acontecimientos, moda y noviazgo, no fue sino efecto de mi ignorancia, o mejor, de la nuestra: terminada la relación casi no nos volvimos a ver.
En el patio de Filosofía y Letras, sentados en los bancos de hormigón, ella intentaba sin éxito interrumpir el llanto y encender un cigarrillo que sus lágrimas habían mojado, yo fracasaba una y otra vez en dar la explicación perfecta que justificara la decisión de distanciarnos, y los demás, ocasionales estudiantes, propinaban desde miradas esquivas hasta miradas de una curiosidad insaciable.
Días después, me aguardaba con los brazos cruzados -qué signo infantil- a la salida de una clase. Como siempre, estaba vestida de negro: pantalón negro, camisa negra, blusa negra; ya había resignado quitarle esa costumbre. El contraste de colores -su piel era exageradamente blanca- le otorgaba una presencia fantasmática. Aunque, con facilidad, se la podía hallar en los labios pintados de un rojo almodóvar. ¿Qué hacía ahí, ella, su rostro enojado y brazos cruzados?
Un reclamo y una amenaza. Al primero, respondí con silencio. Había resignado la ilusión de hallar el argumento perfecto que explicara con objetividad pseudocientífica porqué no podíamos seguir juntos. Algún motivo biológico hubiera sido ideal, no habría a quién echarle la culpa. Contaba también con explicaciones de orden más bien sociológico, una lectura marxista de nuestras vidas antes de conocernos (especial énfasis en el colegio secundario). Iba a utilizar el término "clase". ¡Qué terrible! Pero todas ellas, demasiado académicas, pecaban por ser incapaces de conservar cierta espontaneidad y simpleza que exigía su pregunta. No tenía una razón. Entendía tan poco porqué ella había dejado de moverme, como porqué había empezado hacerlo cuando la conocí. Mi silencio evitó, por lo pronto, terminar en una encarnizada disputa teórica e ideológica sobre ¡nuestro mayor o menor carácter burgués!.
A la amenaza no pude sino responder con una fuerte preocupación y una serie de estúpidos consejos. No lo puedo creer, tenés que comer bien, no comas tanto chocolate porque te quita el hambre, no seas tonta, lo peor que podés hacer conmigo es usarme para lastimarte, la abracé. Ningún beso, pero su tímida sonrisa indicaba que ya había conseguido lo que había venido a buscar. Ese fue nuestro último encuentro.
El siguiente sería un otoño después. En la esquina de la facultad, él, joven profesor de Letras, ella, que con nuevo corte de pelo y tapado gris había dejado de ser su alumna, y yo desde la vereda de enfrente los veía caminar tomados de la mano y riéndose.
Cajón patear la ciudad
16.8.07
cuero
No compré la campera de cuero sin antes contar con una salida ingeniosa que justificara llevarla puesta: el mes que viene me compro la moto. Nuestro encuentro en un local de la Bond Street fue casual. Iba en busca de la remera que me aportaría miradas femeninas en la próxima fiesta, cuando unas botas texanas detrás de la ventana me obligaron a entrar y preguntar su precio. Al parecer, el lugar prescindía de vendedor. ¿Sería aquel cuarentón parado en la puerta del local de enfrente? ¿Habría leído en mi rostro la pregunta curiosa y consumidora mezquina del precio de esas botas?.
gdfg
Mientras aguardaba ser atendido revisé y desacomodé con gusto los artículos de cuero que vestían el local. El romance fue inmediato. Era la primera campera de cuero negra después de una interminable fila de marrones. Además de los cierres al costado en ambas mangas, contaba con un cierre metálico que atravesaba oblicuamente el pecho como la cicatriz de una botella de vidrio a la salida del boliche. Ésas son de mina, oigo decir a una voz masculina y devenida ronca por un atado de cigarrillos diario. Me doy vuelta; y ahí parado exactamente en la misma posición que allá enfrente, el cuarentón, como si se hubiera desplazado con un imán sin levantar un pie del piso. Debía haberlo supuesto: debajo de las camperas los cinco pares de zapatos contaban con tacos casi alpinistas. Sin embargo, ese día, mi respuesta no me arrojaría al ridículo como la última vez que un vendedor me atrapó con un sweater escote en V que empezaba casi en los hombros y le confesé "debería ser mujer". Verguenza me dí. No ésta vez. Mi mejor cara de indiferencia le propinó la respuesta justa.
dsdsds
¿Cuál es el precio de la belleza?, le pregunté mientras removía con cuidado la campera de la percha sin que se trabara en las puntas. Como esperaba: un disparate. Cuatrocientos pesos, dijo el cuarentón con jean y camisa a cuadros, sin dejar asomar una pizca de carga emotiva en su voz, como si exhibir algún sentimiento lo volviera víctima de una violación. Que no intentara justificar, o al menos colaborar a que olvide el precio con un listado breve y razonable de características de la campera o propiedades casi mágicas del cuero, mientras yo, alumno, escuchara atento y en silencio sus sabias palabras dejando al descubierto mi absoluta ignorancia en curtiembre; que terminada la frase, el cuarentón, se dirigiera hacia la puerta como si ya hubiera terminado conmigo, casi duplicó el precio ya inalcanzable de la campera. Así, mi ingenuo gesto consumidor al ingresar al local había sido tan radicalmente exacerbado por aquella situación, que el acto de comprarla se volvío un duelo que no pude sino aceptar.
sdfsdf
El exagerado precio y mi irregular sueldo de publicista freelance demoraron dos semanas nuestro concubinato. Dos semanas que me tuvieron corriendo detrás de morosos, lo peor de todo, amigos la mayoría de ellos. Por su parte, ella aguardaba impaciente en el perchero mientras manos que no eran las mías la quitaban de su refugio para duplicarla en el espejo.
gdfg
gdfgdfg
(sigue, glotón...)
Cajón patear la ciudad
5.7.07
salir a taggear
Uno o dos años atrás, salíamos con Laxe a taggear por nuestra zona, apropiarnos de ese "nuestra". Tarea difícil en un barrio como éste, Palermo o Recoleta, de límites siempre imprecisos por las disputas inmobiliarias y sus especulaciones por el precio del metro cuadrado. Poca ayuda prestan los negocios inmobiliarios para despejar la duda existencial ¿dónde vivo?. Para algunos amigos en Recoleta, otros aseguran visitarme en Palermo.
Estábamos en las salidas knocturnas, en el peligro de los ratis y los skinhead del Centro, terminar en la comisaría de Las Heras o el hospital Rivadavia. Y sólo por quitarle la capucha al fibra azul punta gruesa comprado en Plaza Italia, agitarlo y hacerlo bailar en puntas de pie sobre paredes y otros soportes. De aquellas coreografías recuerdo "ESTO ES PORNO" inscripta en casi todos los buzones y un tobogán amarillo en plaza Francia. En el respaldo de un banco de plaza: "ESTO ES PATRIMONIO CULTURAL". Una reescritura de la ciudad. Escuché decir a Aira que con el Fauno recorrían Pringles haciendo una guía de turismo francesa, le pont Maldonado al arroyo que lleva su nombre. Habrá que mitoligizar Laxe, yo ya empecé.
fdfsdsfdfsd
En un colegio de monjas cerca del palacio Pizzurno, dimos con una vidriera tras la cuál había una Virgen con flores alrededor. Irresistible. Desencapuché al encapuchado fibra azul y puse: "CÓMO ME CALIENTA". ¿Quién de chico no se masturbó alguna vez con una estampita?
Cajón patear la ciudad
4.7.07
sigo chorreando
"No recuerdo por medio de qué sutilezas y sinrazones llegamos a convencernos de que robar era acción meritoria y bella; pero sí sé que de mutuo acuerdo resolvimos organizar un club de ladrones, del que por el momento nosotros sólo éramos afiliados".
El Juguete Rabioso
Roberto Art.
Cajón patear la ciudad
28.6.07
cómo resuelve
El narrador de El Banquete de Severo Arcángelo, visita al domador Celedonio Barral. Una doble fractura de costillas lo retiene en el hospital de Villa Dolores. El desconocido que ocupa la cama lindera le suplica al narrador si tiene a bien alcanzarle el utensillo que responde al nombre ornitológico de "papagallo". Concluída la micción, el intruso le dice:
-" Usted ha inventado una leyenda literaria contra la desolación de la llanura. Y me parece bien, ya que no estuvo en sus medios hacer otra cosa. Pero hay hombres en esta tierra que han ido más allá: construyeron una leyenda sólida, con entes humanos y ladrillos, una mitología de carne y hueso, ¿entiende?"
Cajón patear la ciudad
21.6.07
28.5.07
en campaña
Para vos que te gusta salir a taggear, que te gusta el stencil y el graffiti, para vos ... este afiche de campañaESCRIBÍ TU CIUDAD
Cajón patear la ciudad, postales
17.5.07
postales
En una panadería ubicada en el Centro, mientras aguardo ser atendido (ya saqué numerito) observo la edificación de masas secas que realiza Joven Empleado en un paquete para llevar. Frente suyo, la destinataria de esa frágil arquitectura de manteca, una mujer que por lo gorda imagino sólo debe haber podido franquear la puerta de calle de costado. Como en una escena de amor, humedece cada masa seca con la mirada.
Entiendo ahora el perverso juego del empleado que se demora en entregarle el paquete de masas secas, y Mujer Gorda que se desvive por tragarse una por una las masas como monedas de fichín.
De aquel entrecruce de fuerzas se produce una genialidad de la que soy indigno testigo: ella extiende un brazo vulnerando la férrea frontera del mostrador, toma una masa seca y le dice cómplice al joven empleado "ME LLEVO UNA PUESTA".
Cajón patear la ciudad, postales
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